Terremoto

marzo 26, 2010

Un codazo de mi esposa me despertó en medio de la noche. Hasta ese minuto, el temblor era a penas un susurro dentro de un sueño agitado. Luego del codazo vino la confusión y un movimiento tan violento que hizo crujir la casa como si estuviera hecha de palitos de maqueta. El sonido del miedo es ronco y profundo como las entrañas de la tierra, pensé en un segundo tan lúcido como inverosímil. Mis hijas no despertaron. Mientras afuera sonaban alarmas de autos, sirenas de casas y los cables eléctricos chisporroteaban, las dos nenas, las princesas de la casa, dormían como si no fuera posible hacer otra cosa. Siguieron así hasta la madrugada, mientras en el resto del país un maremoto desataba la muerte por costas, bahías y canales; mientras millones de personas, asustadas como no recordaban haberlo estado antes, buscaban una reacción lúcida y la voluntad necesaria para llevarla a cabo; mientras en la oscuridad que envolvió la casa, intentaba hacer una cuenta de daños y desgracias inmediatas. En las 20 horas después del terremoto hice hartas cosas, trabajé mucho, pero no recuerdo nada heroico, nada digno de líneas.

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