Pequeño viaje

noviembre 22, 2008

estacion

El pito suena dos veces y las puertas se cierran. Pienso en Tokyo. Estoy apretado por los cuatro costados, con el brazo en alto, a penas aferrado a una manija que está puesta a una altura europea. Pero no es Tokyo ni Europa. Los habitantes del Metro Valparaíso somos mestizos, algunos tenemos narices anchas y portes pequeños. Cierro los ojos, pero no puedo escabullirme. Entonces comienzo con lo único capaz de reducir el tedio del viaje; mirar al resto de los pasajeros. En el reflejo de la ventana estamos los desafortunados que no conseguimos asiento. Una pareja se conversa al oído, unas amigas se miran sin decir palabra, pero llenas de complicidad, una madre toma a su hijo y lo protege en el seno, un hombre de calva bastante avanzada se equilibra afirmado a un poste, con los ojos cerrados. El resto mira al horizonte sin esperanzas de encontrar algo distinto que el paisaje casi inalterado de los cientos de viajes anteriores, hechos a la misma hora, de vuelta del trabajo, justo cuando en algunas partes ya es de noche, pero en otras, más cerca de la costa, todavía hay algo de claridad. Sentada frente a mi, veo a una mujer mayor, con un compás pequeño que le cuelga del cuello. Comparte un audífono con el que supongo es su hijo, de unos cuarenta años, que lleva una chaqueta con el logo de una empresa naviera. Me pregunto qué clase de música puede unir ambas generaciones, pero la respuesta es bastante obvia: casi cualquier música.

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