El pequeño espacio antes el bullicio

noviembre 3, 2007

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El metro conecta algo más que estaciones. Ella bajó unos pasos por delante, demasiado ocupada en sus pensamientos, mecanizada por la rutina del final del viaje (apretar el botón, cruzar el umbral, buscar la tarjeta, caminar por la línea amarilla). El iba unos pasos atrás, quizás pensando en la cuenta de los años que, calculo, lo acercaban a los 75. Durante los siguientes 30 metros, él no dejó de mirarle el traste (enfundado en jeans celestes). Lo miraba con unos ojos ya opacos, algo tristes, cansados de tanto ir y venir, pero curiosamente insistentes en su objeto de atención. Entre esa mirada y ese traste hubo una relación de 30 segundos que terminó entre los ecos bulliciosos de la estación puerto. Y yo me quedé pensando.

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5 comentarios to “El pequeño espacio antes el bullicio”


  1. Conozco a la que es hoy una pareja feliz que se enlazó en el metro.. pero en el de Santiago, el metro-metro. Se miraban sin vacilar a lo largo de seis estaciones. En “La Moneda” la puerta se abrió, una de las miradas se bajó. La otra mirada debía seguir 5 estaciones hasta “Salvador”.. pero prefirió romper el destino y bajarse… le tocó el hombro, le invitó un café y de ahí todo el resto es historia….


  2. Gracias Jorge!.
    Manuel, en el metro-un-poco-menos-metro que tenemos en Valpo hay casos parecidos. No exactos, pero parecidos. Digamos que hay casos que replican las primeras estaciones del tuyo y tipos que intentan juntar valor para bajarse en una estación diferente.
    Gracias a ambos

  3. GB Says:

    Probablemente en el metro actual, con sus estaciones llenas de flechas de colores y su decorado de jardín infantil, ese tipo de historias ya no se den tan fácilmente. La última vez que anduve en metro lo único que quería era bajarme.

  4. Made Says:

    Un viaje en el tren, o en el metro-versión-provinciana, puede ser mágico. Como para aquella pareja que sin saber qué son, no para de hablar y reír desde que aborda el carro hasta que se baja. O la que no hace pausas para besarse al ritmo del paso por la vía férrea y que sólo se separa al llegar a la estación. O la que se ignora y mira hacia afuera sin enterarse de la existencia del otro. O una que es cómplice y que procura ocultarlo del resto de los viajeros, pero que a ratos olvida que existe el mundo y se mira de reojo.
    Hay magia en el tren y he aprendido a reconocerla a diario en cada uno de mis viajes.


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