Un día en Dallas

noviembre 19, 2006

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Cuando era pequeño, me encontré en una revista un reportaje sobre los 20 años del asesinato de John Kennedy. Era un especial de “Cosas” que en su portada tenía una pintura del presidente en posición de meditación. Las crónicas, que llenaban más de 20 páginas, contaban la historia de un mandatario joven, lleno de ideales, cuya muerte cambió el rumbo del país. Ese día quedé con la convicción de que Kennedy no había muerto por la acción solitaria de Oswald (algo que los reportajes sólo mencionaban someramente), sino por la conspiración de unas fuerzas oscuras que, entonces, no alcanzaba a imaginar. Hoy mantengo la misma convicción.

“Aquí estaba entre ellos en una época de profundas divisiones, el país escindido en dos, cada ejército enfurecido y Jack que los sujetaba a ambos. ¿Tuvo presentimientos? Durante semanas había llevado consigo un trozo de papel en el que había garabateado los versos de una puñetera ruina shakespeareana. Giran hasta hacerme pedazos y desmembrarme. Pero era importante que el coche avanzara con suma lentitud, que las multitudes pudieran verlo. Exposición máxima, como dicen los publicistas. Además, ¿a quién le interesa un presidente con corazón de paloma?
Extracto de “Libra“, de Don Delillo

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