El hombre es un ser confuso, un pelele tirado a su suerte, destinado a cometer siempre los mismos errores porque tiene mala memoria. Confuso porque esta vida es demasiado compleja y cambiante. Confuso porque nunca sabe si esa imagen que ve todos los dÃas en el espejo tiene consistencia o es una ilusión en peligro de hacerse trizas al primer bombazo. Me gusta Paul Auster porque es capaz de expresar todas estas ideas con un atractivo y una insistencia casi adictivos. Pero además, porque cree en la redención y sugiere en cada libro que, al final del dÃa, este hombre confuso tiene una esperanza de ser feliz. Hay una imagen potentÃsima descrita por Auster en uno de sus libros. Un tipo de apellido Bowen se mete a un refugio anti atómico en el centro de una ciudad. Para su mala suerte, la puerta del refugio, una estructura sólida de varias toneladas, se cierra por fuera. Allà está Bowen, encerrado, lo suficientemente solo en la vida para que nadie lo busque. Allà está Bowen, justo cuando la única bombilla que ilumina la habitación de su encierro comienza a tintinear y finalmente se extingue. Lo cuento porque Auster vuelve en septiembre con su último libro: “El hombre en la oscuridad“. La describe él mismo:
“Es una novela sobre muchas cosas. La imaginación, la guerra de Irak, la familia, la pérdida. Es un hombre que no puede dormir, está muy perdido. El tÃtulo hace referencia a la oscuridad de la noche y a la de su propia confusión“
(VÃa Ex Libris)









